Ese viernes en la sobremesa de una comida en familia, la discusión comenzó a tomar tonos apasionados. Ignoro cómo aterrizó entre nosotros un tema nada fácil: el concepto de cielo. ¿Qué es, cómo es y dónde está?
Una parte de los comensales lo describía como ese lugar ideal al que llegaremos algún día después de abandonar este plano de la existencia; ese lugar común que nos inculcaron como dogma de fe a los que fuimos a escuelas católicas.
Otros, en cambio, argüíamos que el cielo no es más que armonía mental, es decir, cuando te sientes en paz, tranquilo, pleno y feliz. Y el lugar es aquí y ahora, se da por instantes, no es algo permanente, es el presente que se te da al estar presente. Por ejemplo, los segundos en los que observas conscientemente cualquier momento de gozo o belleza y te sumerges en él, al mismo tiempo que te alejas como si lo apreciaras a distancia. O bien, decíamos que es el estado en el que entras cuando meditas o cuando te sientes conectado con la vida.
¿Existe el cielo?
