fuente incondicional de felicidad

En la vida siempre encontraremos retos. Cuando un hecho serio nos confronta, ya sea de salud, relaciones o pérdidas de cualquier tipo, encontramos, si tenemos la fortuna, el apoyo de la familia, los amigos o algún terapeuta. Su respaldo se traduce en grandes abrazos para el alma y son vitales para sobrevivir las dificultades. Esos apoyos se pueden comparar con los tabiques de un edificio, sin ellos no podríamos construir pared alguna. Sin embargo, más importante que los tabiques es una buena estructura que sostenga la construcción. Es la estructura la que nos da la fortaleza y serenidad para llevar con dignidad los desafíos de la vida; dicha estructura es la espiritualidad.

 

Durante muchos siglos la espiritualidad ha estado asociada con la religión. Así, se encontraba restringida a los templos y las creencias. La revolución industrial y la revolución científica iniciaron un movimiento en el que lo material desplazó a lo espiritual. Pensamos que podríamos vivir sin ese aspecto. El tiempo ha demostrado que hoy vivimos retos y crisis para los que no tenemos respuestas, lo que ha dado pie a una evolución colectiva de la conciencia, en la que la espiritualidad tiene un lugar preponderante.

 

Se puede tomar el camino de la espiritualidad sin la religión al educar a una familia, hacer un servicio social, trabajar y crear con pasión algo que beneficie a la comunidad, por ejemplo. La religión no es necesaria, sin embargo, su ausencia puede hacer que su significado sea más difícil de comprender. Llevar una vida con sentido no significa hacer algo grandioso, sino generar valor en el viaje del día a día. Es decir, no es la actividad externa lo que importa, sino nuestra manera de abordarla desde el interior. Cuando carecemos de una estructura interna, surge el vacío.

 

Por lo que la gente sufre

Viktor Frankl, el padre de la logoterapia, afirmó que el gran problema por lo que la gente sufre es el vacío existencial y la falta de sentido en la vida. Por ello el sentido de ser incide en toda la existencia de una persona, incluida su espiritualidad.

 

La espiritualidad es una fuente incondicional de felicidad, nos conecta con nosotros mismos, con la conciencia, con Dios, con algo más grande que nosotros. Por ello le da un sentido a nuestra vida, además de, diría yo, un estado de gozo que no proporcionan las metas externas como el éxito, la reputación o las cosas materiales. Pues si bien éstas nos brindan picos de felicidad efímera, la curva desciende de nuevo al poco tiempo de que acontecen y nos dejan de nuevo en el vacío.

 

Sentir ese vacío nos puede llevar a estar dispersos, a divagar sin meta alguna, a soñar creyendo que las cosas cambiarán solas, a anestesiarnos con pantallas o alguna sustancia, o bien, a trabajar de manera enajenada para no sentirlo; es decir, a una vida no feliz.

 

La vida es una escuela que a diario nos da lecciones, no cabe duda. El hecho es que venimos a aprender, desarrollarnos y ser felices. El camino para lograrlo no consiste en llegar a las metas y dejar el alma hecha trizas en el trayecto, con el sacrificio de nuestras relaciones o calidad de vida. En cambio, consiste en acompañar nuestras acciones, actitud y día a día con una buena dosis de espiritualidad. De esta manera las metas se convierten en el significado, mientras que el presente se convierte en el fin en sí mismo.

 

La espiritualidad se puede nutrir y reforzar con la oración, la meditación, el silencio, la gratitud y el contacto con la naturaleza, para estar presentes y relacionarnos con el momento, lo cual nos dará la coherencia necesaria para enfrentar las enseñanzas y los gozos con dignidad.

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