“Es la película más fea que he visto en mi vida”, fue el comentario enfático de mi amiga. A pesar de él, Pablo y yo decidimos ir a ver el aclamado filme dirigido por Guillermo del Toro.
Conforme pasaban las escenas, los diálogos, la trama, los actores talentosos, la música, en fin, cada elemento del largometraje, éste me gustaba más y la opinión de mi amiga se me hacía cada vez más incomprensible.
La forma del agua me pareció un poema desplegado lentamente ante nosotros. Incluso pienso que es de las películas más bellas que he visto en mi vida. Hay algo más allá de lo visual y de lo auditivo que me conmovió: la energía que sale de la pantalla.
A primera vista, el “monstruo” –un hombre-anfibio de escamas brillantes verde azuladas, causa temor y, al mismo tiempo, revela una belleza inusual. En un inicio proyecta fuerza bruta y agresividad, sin embargo, captamos su vulnerabilidad al verlo encadenado. Eliza, una mujer muda y solitaria que trabaja en el área de limpieza de un laboratorio, empatiza y resuena con esa energía y ese misterio que ella misma no se explica, pero que la hace sentir viva.
La forma del agua y su poder espectral
