la honda inteligencia de la vida

Tengo una planta inteligente. Desde hace un par de años embellece mi estudio y a diario la saludo al abrir la ventana para que respire. Es una noble planta vertical de hoja grande redondeada, llamada Ficus pandurata. Antes era sólo un adorno, pero durante este encierro nuestra amistad ha crecido. Hace un par de meses el tronco llegó al techo, por lo que las dos nos angustiamos. “Hay que cortarle la punta”, me dijo un jardinero. Accedí con pesar.

 

         Dos meses después estoy asombrada de su reacción. En lugar de crecer de nuevo de manera vertical, abrió la punta en dos ramas totalmente horizontales –lo cual no es muy común en su especie–, “intuyendo” que así no tendría problemas de espacio. Quizá este suceso resulta poco tonto para muchos, sin embargo, me confirma la inteligencia que subyace en toda la naturaleza, misma que continuamente menospreciamos.

 

         La naturaleza no puede ser una creación descuidada o azarosa. Esa inteligencia invisible en realidad existe en todos los fenómenos y formas de vida del universo, pero no nos percatamos de ella o bien la ignoramos. Basta observar la configuración biológica única en los girasoles, en las piñas de las coníferas, o la estructura espiral perfecta que vemos en el nautilius, o simplemente el ADN que codifica nuestra existencia. Algunos ejemplos que reflejan un cálculo matemático preciso, que Fibonacci descubrió desde el siglo XIII.

 

Simplemente, el que tú y yo disfrutemos este planeta es posible gracias a 13 “casualidades” sucedidas en torno a la Tierra, por ejemplo, las tormentas solares que se desvían; la distancia exacta del planeta con respecto al Sol o la estabilidad que da la luna al movimiento axial, entre otros. ¿Casualidad o inteligencia?

 

         Esa misma inteligencia es la que provoca que cinco generaciones después, la mariposa monarca migre miles de kilómetros para reproducirse o que la tortuga marina caguama regrese 30 años después de haber cruzado océanos, a su lugar de origen. Debe haber una fuente desde la cual emana de manera continua ese campo inteligente. ¿Dios, inteligencia divina, conciencia?

 

         Por si fuera poco, nuestro Sistema Nervioso Autónomo (sna) es una expresión más de la inteligencia subyacente que se manifiesta en la digestión, la respiración, el ritmo cardiaco, el sistema inmunológico y demás; regulado por el mismo que ¡no necesita de la voluntad para que nuestra vida sea posible! ¿Te das cuenta? Parece obvio, mas no lo es.

         Además, dicha inteligencia que vive en cada célula, molécula y átomo, que al igual está presente en las estrellas y las galaxias del universo, es discreta y prudente, hace su trabajo sin buscar reconocimiento. En especial cuando se manifiesta como la esencia del ser, que no cambia y yace sin inmutarse en silencio a la espera de que algún día la invitemos a nuestra vida.

 

En ocasiones, se hace presente en forma de un desafío, de la belleza, de un abrazo, de fortaleza, de una “casualidad” o como una voz interior susurrante. La percibimos por instantes y nos hace sentir dichosos. La hemos llamado de muchos modos: Dios, amor, conciencia, gracia, gozo o, incluso, intuición, por nombrar a los momentos en que la paz, la entereza y la sabiduría nos invade. Como cuando descubrimos saberes, haceres o dichos que no sabíamos que teníamos en nuestro interior.

 

¿Por qué entonces no la buscamos con mayor ahínco? Ahí está y ha estado siempre para nosotros y nuestro desarrollo. Si nuestra vida, nuestras decisiones y nuestro camino los hiciéramos conectados a esa inteligencia –tal como lo hace la planta de la que te platiqué–, sin duda viviríamos en mayor armonía y plenitud.

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