la obsesión por arreglarse la cara

El temor a envejecer es peor que envejecer. En especial para las mujeres, quienes hemos convertido una cara con “arrugas naturales” en algo negativo y así lo transmitimos a las nuevas las generaciones a las que les mostramos rostros cambiados, incluso deformados, con tal de lucir “más jóvenes”. ¿No estamos mal como sociedad?

 

         Si por casualidad al ver el iPad hacia abajo la cámara enfoca hacia mí en lugar de hacia fuera, me confronta una realidad difícil de aceptar: los pliegues de la piel del rostro y las arrugas. Esta visión me hacen buscar con apuro el icono para voltear la cámara hacia la otra dirección, como si con ello la verdad desapareciera o se borrara.

 

          ¿En qué momento se nos metió a la cabeza que cualquier signo de envejecimiento en nosotras era una desventaja y que había que combatirlo con todo, incluidas las armas extremas: inyecciones, rellenos, Botox, láser, dermoabrasiones, lifts o de plano cirugía, hasta llegar al punto de ser irreconocibles para nosotras mismas. Sin importar si tenemos 20 o 60 años hemos comprado la idea de que nuestro rostro necesita ayuda y de que siempre hay algo que tenemos y debemos “corregir”.

 

No engañamos a nadie

La realidad es que hacernos las modificaciones mencionadas no nos hace ver más jóvenes, sino como “viejas que quieren verse jóvenes”; a nadie engañamos mas que a la propia percepción. Una apariencia trastocada de esta forma lo que sugiere, antes que juventud, es una falta de aceptación y un miedo enorme a envejecer.

 

Como sociedad impedimos a toda costa que nuestra cara muestre el paso natural del tiempo. La mercadotecnia, las redes sociales, la publicidad, artículo tras artículo en las revistas, los anuncios de televisión con mujeres perfectas y una sociedad que en lo general premia la juventud y desecha la madurez marcan una pauta difícil de seguir.

 

Justin Bateman, la actriz y directora de cine, plantea en su libro Face: one square foot of skin, que hemos permitido que los halagos “guapa”, “bonita” sean lo más anhelado por las mujeres. Al hacerlo hemos permitido que las palabras “vejez y “fealdad” sean los más claros y definitorios marcadores de fracaso femenino. “Con ese sentido de fracaso, ¿qué mujer mayor buscará una posición de poder con seguridad y empoderamiento? –escribe, y agrega:– En la superficie parece algo absurdo que a las mujeres maduras estos calificativos les impida realizar algo, pero visto a la larga revela una confusión que al parecer ha permeado todas fibras femeninas”.

 

“¡Cómo ha envejecido tal o cual artista!, tan guapa que era.” La sociedad es despiadada con los rostros famosos que en algún momento admiramos. Los hace añicos como si la valía de la gente radicara en su apariencia. Dejamos de ver que además de tener talentos, logros, carreras consolidadas o una pareja y una familia armoniosa, son personas que han ganado sabiduría y mayor inteligencia. Pero todos esos logros se tornan insignificantes si ya está arrugada y vieja. ¿Estas son conductas y pensamientos naturales o aprendidos?

 

Si bien una mujer joven y bella es símbolo de fertilidad y descendencia, hay un momento en que la mujer con valentía tiene que tomar la decisión de permitir que su rostro muestre con naturalidad el paso ineludible del tiempo, o bien, acudir de prisa a un cirujano plástico.

 

¿Por qué no aceptar lo que somos y cambiar la aversión a la vejez, por el orgullo de portar en la cara las muestras de haber vivido y así vernos más creíbles y auténticas? Además, hacerlo con agradecimiento a ese rostro que nos ha acompañado fielmente en la vida, siendo parte de todo lo que hemos saboreado, olido, contemplado, llorado, reído, escuchado o sentido. Amén de apreciar estar sanas y vivas. ¿No es esto en sí ya un privilegio?

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