Hay momentos en que sentimos el cosquilleo de estar vivos en cada célula de nuestro cuerpo; momentos en que la satisfacción va más allá de las ideas, las palabras o los pensamientos. En ellos experimentamos el poder y la fuerza del gozo total. Percibimos, literalmente, que el corazón canta. Instintivamente es lo que todos anhelamos y encontrarlo en lo que hacemos es vivir bendecidos.
Lo que quizá no tenemos claro es que la guía no es la mente, no es el deber ser, es el corazón. Desde jóvenes vamos con una venda en los ojos, tanteando el camino y atentos a cualquier sonido, aroma, sentir que nos lleve a esa meta en donde el corazón encuentra su música para cantar. Exploramos aquí, exploramos allá, elegimos mal, nos caemos, desperdiciamos años… o quizá no los perdemos, sino que son parte de la ruta que necesitamos transitar.
Cuando estamos cerca de nuestro propósito, el corazón comienza a soltar algunas notas y el cuerpo se siente bien. Esa es la señal más clara a la que debemos estar atentos, de lo contrario, podemos desviarnos del camino y, en ese caso, el corazón también avisa. Sentimos un vacío, una insatisfacción, el cuerpo enferma y la irritabilidad aflora. Aprender de estos vaivenes implica acumular experiencia, afinar los sentidos para que un día el llamado del corazón se vuelva contundente.
Por qué hacerle caso a nuestra voz interior
