¿Por qué postergamos las cosas?

Sabes que tienes que organizar el closet, ordenar los cajones de tu oficina, limpiar la cajuela del coche, eliminar los cientos de correos electrónicos que se han acumulado en tu bandeja o bien vaciar tu celular de fotos porque la memoria ya no te alcanza.
Los días, las semanas y los meses pasan para darnos cuenta de que no hemos puesto en marcha ni concretado ninguno de los proyectos. Nos auto-disculpamos con mil razones del tipo: he estado muy ocupado, he tenido gripa, el mes se pasó rapidísimo, hace mucho frío, todavía no inicia el curso, y demás. Una vez más somos víctimas de ese monstruo que se apodera de nosotros y que se llama: postergación.
Éste monstruo parece amarrarnos e impedirnos de extraña manera poner manos a la obra. ¿Qué sucede? ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué dejamos que la situación llegue a determinado límite para reaccionar?

La postergación se instala en todo tipo de personas
Sin importar la edad, el sexo o la ocupación, la mayoría somos víctimas de la bestia de la postergación.
En la familia se organiza un viaje con toda anticipación y, el día anterior –a última hora, todos empacan lo que buenamente les dio tiempo, para acostarse tardísimo, y darse cuenta en el viaje de todo lo que se les olvidó. ¿Te suena familiar? Un estudiante sabe que en un mes tiene que entregar un trabajo. ¿Cuándo lo inicia? Si es previsor, dos días antes. ¿Cuántos correos se apilan como “pendientes”, sin que les demos una solución?
El posponer nuestros deberes ocasiona dos problemas. El primero es de tipo externo que puede ir desde algo sin importancia como mandar un regalo después de la boda, o puede tener consecuencias severas como perder un empleo o poner en peligro un matrimonio. El segundo, es de carácter interno: nos invade el estrés, sentimos una ligera irritabilidad, hasta intensos auto-reclamos, arrepentimiento o desesperación.