Verlo salir a escena atemorizaba a cualquiera. La reacción del público de la lucha libre de inmediato se dividió: mientras unos lo apoyaban con gritos y puños cerrados al aire, otros lo abucheaban y le gritaban groserías.
Se trataba de un hombre de piel negra y cabeza rapada de dos metros de altura y mirada amenazante. Sus brazos musculosos eran del ancho de una sandía –y no exagero–; tenía barba como piocha y una gruesa cadena al cuello. El publico enloqueció.
“Me lo encuentro en la calle y me muero”, le comenté a la persona que nos invitó a mi esposo y a mí, que conocía muy bien a todos los luchadores. “Pues no me lo vas a creer, pero este luchador es un pan de Dios, todos sus compañeros lo quieren mucho”, me respondió. ¡No lo podía creer! Pero cuando supe lo anterior mi percepción cambió por completo.
¿Qué es la percepción?
