Para Sebastián Lerdo de Tejada (qepd)
Hay personas a las que conoces durante toda la vida, pero cuando te enteras de su fallecimiento no sientes nada. En cambio, hay otras, con las que bastan tres ocasiones de convivencia para que su partida te llegue al corazón. Estoy segura de que cada quien tiene ubicados a dichos protagonistas de su vida.
Esa pena –o falta de ella– que nos provoca la partida de alguien, bien podría considerarse el examen final de nuestro paso por este mundo, nuestro legado. Ese legado que en realidad importa: cómo la gente nos recuerda y cómo vivimos en la mente y en el corazón de otros.
Una de las lecciones más trascendentes que he recibido sobre la importancia de nuestro legado fue a los 15 años. El papá de una de mis mejores amigas del colegio había fallecido. Era un ingeniero con un puesto relevante en la empresa constructora más importante del momento, muy respetado y con una gran vida social. El shock lo recibí en la primera misa de condolencias que se hizo en su honor. Recuerdo bien que tuvo lugar en la capilla de la Iglesia del Pedregal de San Ángel. Era la segunda vez en mi corta existencia que me vestía de negro para asistir a un pésame.