¿Cómo atrapar a una audiencia? | Gaby Vargas

¿Cómo atrapar a una audiencia?

¿Alguna vez has sacado tu celular para jugar en medio de una conferencia? Es señal de que el orador no te atrapó. Como público se dice fácil, pero como orador hay pocos miedos tan generales como el de hablar en público.

“El medio es el mensaje”, decía el profesor McLuhan, quien se hizo famoso por acuñar dicha frase y pronosticar, con años de antelación, lo que hoy conocemos como internet. Él afirmaba que existe una interrelación entre la persona y los medios que utiliza para comunicarse con otros individuos. Es decir, el mensaje se altera si éste se transmite por vía del teléfono, la máquina de escribir o la televisión. Los medios, por ende, se convierten en parte del mismo.

Cuando era joven, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche se aburría en las clases universitarias: se jactaba de saber más que sus maestros. Es así que deambuló de una universidad a otra en busca de profesores que supieran más que él. Un día, por fin, encontró a un maestro: “No lo admiro por su sabiduría, sino por la pasión con la que comunica su tema, eso es lo que me ha enseñado”. Y ahí está la clave.

 

Lo que nos mueve, lo que nos hace bailar, no es la letra de una canción, sino las notas y el ritmo que la acompañan. Tal es su fuerza que, con sólo escuchar cierta melodía, el cuerpo se mueve y nos hace levantarnos de la silla sin pedir permiso.

Cuando hablamos en público, nosotros, como personas, somos el medio. Las palabras, el contenido, apelan a la inteligencia, a nuestra razón; sin embargo, si no van acompañadas de su música, entrarán por un oído y saldrán por el otro. La música se compone de la energía que tienen las palabras al salir del cuerpo y así cobran vida. Esa energía no viene del cerebro, sino del corazón, del vientre, de cada célula del cuerpo.

Es lo que caracteriza a un buen comunicador: vibrar aquello que expresa. Podemos ser eruditos en algún tema o materia, pero si las palabras no vienen envueltas de pasión, de poco sirven.

Al preparar una presentación, una conferencia, una arenga de ventas, más que preocuparnos por lo que vamos a decir, ocupémonos de cómo lo haremos, ¿lo sentimos real? ¿Creemos lo que decimos?

Lo que importa es la música que envuelve las palabras. Y esa no se puede disimular, fingir o inventar, se tiene o no se tiene. La gente la escuchará por encima del orden racional y los procesos lineales de percepción, la percibirá mediante la intuición. Es así que sin saber bien a bien por qué, confiamos en un discurso: “le creo o hay algo que no sé bien qué es, pero no me late”. No hay números, datos, presentaciones visuales impresionantes, que puedan disfrazar o compensar unas palabras que carezcan de la música y de la energía que sale del fondo del ser de un orador.

En la vida diaria,  ¿cuántas veces podemos estar enojados y emitir “no, no me pasa nada”, acompañado de una música similar a la de los tambores que inician una guerra?

Para que tengan peso, las palabras siempre deben ir alineadas con la música interior con que se emiten. Lo dice Un curso de milagros: “La gente te escucha desde el nivel en el que le hablas”. Si hablas desde el corazón, el público ahí lo recibirá y recordará tu plática o la esencia de ella. En cambio, cuando hablas desde la cabeza, desde el ego, desde la intención de quedar bien, desde la memorización del material sin llegar a sentirlo, al término de la plática las personas habrán olvidado por completo lo que dijiste.

Lo dicho: lo importante es la música que acompaña tus palabras.

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