Luisa se dio cuenta de que se encontraba en su recámara con el plato de mantequilla en la mano. Su intención original, por supuesto, era guardarlo en el refrigerador. Pero en el inter contestó mensajes de WhatsApp, discutió con su hija porque no quería ir a la clase de ballet, alistó a su hijo para que se fuera al futbol y despidió a su esposo quien se iba de regreso al trabajo.
Todos hemos vivido algún episodio similar debido a que estamos sin estar. Ya que podemos vivir en dos tipos de estado: en uno de sobrevivencia o en uno de creación. Lo que quizás ignoramos es que no son los grandes motivos de estrés (como perder un trabajo, una casa o vivir las consecuencias de un desastre natural) lo que nos desgasta o aniquila con el tiempo. En esas circunstancias cavamos más hondo dentro de nosotros mismos, buscamos a los amigos o apoyo profesional.
Lo que nos causa mayores niveles de estrés es el cúmulo de esas minucias, esas pequeñas cosas que, una a una, demandan nuestra vigilancia. El cambio que la mente requiere para pasar de una cosa a otra, de un concepto a otro, de un enfoque a otro, es constante y exigente. Por ejemplo, intentas concentrarte para contestar un correo electrónico, cuando tu pareja te pide que revises algo, tu hijo adolescente pretende lograr un permiso, entra la llamada de tu jefe, suena el celular o tu asistente te interrumpe para solicitar tu autorización que, obviamente, es urgente.
¿Qué nos genera estrés?
