Si, te acepto

“Sí, te acepto”, escuchamos a los novios decirse durante la celebración religiosa. Pero, ¿cuál es la intención de unir una vida con la de otra persona? Me quedo pensando en que dicha frase implica varios niveles que no comprendemos en su momento. Los matices pueden ir desde el más superficial, con un “te acepto” como amigo para pasarla bien, mientras así nos parezca. O “te acepto” como pareja, para compartir gastos y riesgos y sobrevivir con mayor facilidad en un mundo demandante. “Te acepto” como amante, para disfrutar del sexo, hasta que los cuerpos se aburran. “Te acepto” como socio, para tener una familia y, quizá, quedar bien ante la sociedad. “Te acepto” como compañero de vida, para formar e inculcar valores a nuestros hijos. O bien, se trata de una aceptación más profunda, que requiere un compromiso verdadero, que a mi parecer sería: “te acepto” como pareja espiritual.

 

Cuando el “sí, te acepto” se declara sin la conciencia y el compromiso suficiente, la relación fracasa. ¿Cuántas parejas se separan frente a los pequeños o grandes retos, como puede ser tener una educación diferente, situación económica difícil, alguna enfermedad, un problema con un hijo o hasta una pandemia? Es entonces cuando el viento convertido en huracán nos pone a prueba.

 

Tan feliz como lo sean tus relaciones

Nada define más nuestro nivel de felicidad que nuestras relaciones. Esto se amplifica cuando se trata del vínculo con la pareja. Si la relación se mueve en los niveles del egoísmo, el resentimiento, la venganza y cualquier otra expresión del temor, tendrá muy baja energía, producirá sentimientos que drenan, debilitan e inhabilitan para funcionar bien en el mundo. ¿Quién puede ser feliz así? En cambio, si la relación fluye dentro del amor, la generosidad y la compasión, provocará alegría, ligereza y complicidad por el gozo.

 

La intención crea la realidad que experimentamos. Transitar cualquiera de los dos caminos es una decisión personal. Es decir, tú y yo, querido lector, querida lectora, podemos enfocarnos en todo lo malo que tiene nuestra pareja, sus defectos, y carencias; o bien, tomar la decisión de explorar sus cualidades, habilidades y logros. En ese cambio de perspectiva radica la felicidad o infelicidad de una vida en común. Hasta que no seamos conscientes de ello podemos seguir deteriorando la relación de manera inconsciente. Claro, esto siempre y cuando se trate de una pareja que se mueva dentro del espectro de lo que se considera una “relación sana”. Dejemos a un lado, en esta ocasión, los casos extremos que a todos nos ofenden.

 

Todas las relaciones nos enseñan, de algún modo, a ser mejores personas. En todas tenemos lecciones que aprender. Partamos de la base de que en ellas transitamos por la gama completa de emociones que hay. Puedo aceptar-te, pero también aceptar-me con mis fallas, errores y mi disposición a superarlas.

 

Las personalidades maduran con el tiempo y las almas evolucionan en la eternidad. Cuando con el “sí, te acepto”, la pareja decide pasar a través del amor por todas las fases de la relación hasta convertirse en una pareja espiritual, se enamora del alma del otro, de su espíritu. Lo que significa una disposición a ver más allá de lo que los cinco sentidos reportan, aceptar con humildad lo que nos toca aprender, ceder con amor las exigencias propias en aras del otro. Ahí radica la felicidad en una relación.

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