¿Todos los seres somos uno?

Esa mañana de domingo, al dar la vuelta en el angosto puente que cruza el río, el caballo resbaló y tanto él como el jinete cayeron a la cañada de dos metros de profundidad.
Nos encontrábamos en medio del campo en el Estado de México, lejos de cualquier vivienda o poblado. Durante el accidente, el jinete, por fortuna, logró alzar la pierna y saltar del equino segundos antes de la caída. En cambio, el frisón, de alrededor de 800 kilos de peso, quedó atrapado entre los dos muros angostos y empedrados, con las cuatro patas hacia arriba y su enorme cuello torcido hacia un lado; se le podía ver sangre en el hocico.
Desmontamos para intentar ayudar, pero el caballo, al verse atrapado, pateaba desesperadamente, intentando incorporarse con toda sus fuerzas, mas su peso y su gran tamaño lo vencían: no podía darse la vuelta. Cada vez que intentaba moverse, se hundía más.
Al grupo de amigos compuesto en su mayoría por niños y una pareja de adultos, además de mi esposo y yo, le era imposible intentar mover al angustiado frisón, que gemía de dolor e incomodidad.