Hay maneras de vivir y maneras de vivir. Si bien es cierto que conocemos a las personas durante los eventos de la vida cotidiana, un conocimiento más profundo se nos revela ante su conducta frente a los retos y la adversidad.
“Prefiero morir de dolor que gritar”, es una frase que Isabel de Portugal, reina de Castilla, pronunció ante los dolores de parto de su primer hijo. Una mujer que fue adorada por su esposo como pocas, así como por el reino entero, y que bien podría ser un ejemplo para muchas personas.
Ese tipo de dignidad interior lo podemos encontrar también en el campesino que a diario se levanta para trabajar la tierra, en la madre soltera que se parte en cuatro día a día con una sonrisa en la cara o en el enfermo que acepta su condición.
Clarissa Pinkola describe dicha cualidad en el libro Mujeres que corren con los lobos, como el resonar de esas fibras internas no negociables, que vibran ante una situación límite. La dignidad interior –el secreto de muchos a quienes admiramos– es la que nos hace salir adelante, luchar y enfrentar cualquier reto, es nuestro principal motivador y motor.
Hay quienes nacen con esta fortaleza y son capaces de mantener la compostura ante retos importantes de manera natural; otras cuya fe las mantienen de pie y aquellas a quienes las define la resiliencia, le determinación y una valentía especial.
La dignidad interior nos eleva a planos en los que los elementos de nuestra vida toman otra perspectiva y otro camino, nos brinda posibilidades de transformación real.