Te invito a observar los rostros de las personas en la calle y de paso, si te encuentras con algún espejo o escaparate, a observar el tuyo. ¿Qué ves? Por lo general, vamos ensimismados, presos en nuestra historia, a la que damos vueltas en la mente como ratones que corren dentro de una rueda, ¿cierto?
No hay peor prisión que la de nuestros pensamientos. Estamos tan inmersos en ellos que, con el tiempo, crean una especie de capa densa y gris que incluso llega a materializarse y nos impide ver todo lo que sí tenemos.
Lo más irónico es que esa capa densa con frecuencia es una producción propia. Es resultado de tener un vigía mental que no se separa un segundo de la puerta. Ya no distinguimos entre el conflicto generado por los otros y el que genera nuestra propia mente.
La única salida, la puerta hacia la libertad, es emprender un viaje con dirección al corazón. Ese lugar que creemos conocer y que reducimos a algunas ideas, pero que, sin embargo, desconocemos por completo; cuyo territorio es infinitamente basto, abierto y misterioso.
¿Qué nos impide conectar con ese espacio de silencio que ya es perfecto y que está a la espera de nuestra visita? La espera.