Después de que lo expulsaran dos veces de la Universidad de Harvard, Richard Buckminster Fuller, gran futurista y visionario estadounidense del siglo xx, trabajó como mecánico y empaquetador de carne.
En 1927, a los 32 años, sin trabajo ni dinero, sufrió la muerte de su hija menor de cuatro años, de la que se sintió responsable: pensaba que las corrientes de aire en su casa habían contribuido a su fallecimiento; no se lo perdonaba. Entonces se perdió, se dedicó a beber y tuvo pensamientos de suicidio, como él mismo contara decenas de veces en sus pláticas.
Sin embargo, un día, en ese estado y siendo un “don nadie” tuvo una revelación. Se dio cuenta de que no tenía derecho a quitarse la vida, que él era parte del universo y que se propondría investigar de qué manera una sola persona –él mismo– podía contribuir a cambiar el mundo y beneficiar a toda la humanidad.
Los siguientes 56 años de su vida se dedicó a seguir ese llamado, a arriesgarse y preguntarse «¿qué tal sí…?”.
Buckminster Fuller se convirtió en arquitecto, gurú del diseño y gran inventor, por ejemplo, perfeccionó la famosa cúpula geodésica, que hoy se utiliza en el mundo entero. Además, se volvió un gran líder que cambió las formas de vivir de muchas personas. Fue autor de 28 libros, activista ambiental, recibió 44 reconocimientos honorarios y registró 25 patentes en Estados Unidos.
Su punto de partida fue la experiencia devastadora que lo llevó a tocar fondo y desde ahí, brincar para cambiar la forma en que se veía a sí mismo y buscar soluciones nuevas para el bien común.
¿Qué tal sí…?
