Hay situaciones en las que cobra sentido aquello de sentir “pena ajena”. Nunca olvidaré la noche en la que se inauguró un hotel en Los Cabos. Hace algunos años, el entonces presidente de la República cortaría el listón. Los directores de las principales cadenas hoteleras del país y de Estados Unidos se encontraban en el lugar, junto a cerca de 500 invitados que presenciábamos el evento.
En el momento de dar las palabras de bienvenida, el director del hotel, de pie frente a un micrófono, tomó la hoja del discurso entre sus manos, la cual comenzó a temblar al ritmo de sus nervios, primero de manera suave, pero al último como si le estuvieran dando convulsiones. ¡Qué pena! Yo creo que el señor nunca había pasado un momento tan desagradable. Todos sufrimos.
Si un día hablas en público II
