Imagina que cantas una canción de una sola nota, sin entonaciones. Sería, además de imposible, tremendamente aburrido, ¿no? Eso mismo sucedería con una vida sin emociones, sólo que rara vez las valoramos.
Hace poco tuve la singular experiencia de ver un video de dos minutos de duración sobre la ciudad de Manhattan, en el que se mostraban una serie de tomas y diferentes aspectos de la ciudad en un segundo: personas, momentos, autos, parques, calles, en fin. Sólo que había dos versiones. En la primera, la música de fondo era caótica, como Manhattan mismo, al grado de resultar incómoda y dar ganas de parar el video. En cambio, la segunda versión transmitía la belleza, la armonía y la buena vibra que la ciudad de la manzana puede tener. Era el mismo corto, las mismas tomas y la misma duración, la única diferencia radicaba en el fondo musical, que era una pieza de música clásica.